Llegó a EE.UU. para hacer un máster en computación informática, adquirir experiencia profesional y retornar a España. Así iba a ser. Incluso obtuvo una prestigiosa beca Fulbright. Hasta quo la multinacional Intel –el mayor fabricante de microprocesadores del mundo– se cruzó en su camino. De eso hace ya 16 años. Junto a su mujer Nuria (otra pejina que será objeto de un reportaje más adelante) fijó su residencia en la californiana San José, capital del imaginario Silicon Valley. Un icono de la revolución tecnológica desde donde Rufo Javier de Francisco (Laredo, 1965) coordina a medio centenar de ingenieros repartidos por medio mundo con los que trabaja en proyectos punteros. Y siempre ejerciendo con orgullo de laredano de pro.

-Intel. Suena fuerte.
Es una multinacional con presencia en casi todos los países del mundo. Somos más do 80.000 empleados. Tenemos plantas de fabricación en países como Malasia ó Costa Rica, y centros de I+D en Rusia, en China, en India, en Irlanda… y algo menores an Alemania o en Barcelona.
-¿Y cuál es tu función en la compañía?
Empecé como ingeniero. Aún hoy me considero ingeniero, aunque realmente mi labor diaria es más en temas de dirección. Dirijo un grupo de desarrollo de software con equipos en EE.UU., Alemania, Rusia y China. Lo integran cincuenta ingenieros a los cuales tengo que coordinar.
-Cuéntanos una jornada normal de trabajo.
Cuatro días a la semana tengo reuniones a la 7 de la mañana con los miembros de mis equipos rusos. Y un día a la semana tengo una reunión a las 6 de la mañana. En ella conectamos a la vez con Rusia, China y Alemania. Finalizadas estas reuniones por videoconferencia, me dirijo a mi oficina de trabajo, en Santa Clara, a veinte minutos en coche desde mi casa en San José. Allí paso toda la jornada laboral, dedicando la mayor parte del tiempo a reuniones. Vuelvo a casa entre las seis ó las siete de la tarde y, un par de días a la semana, aún me toca tener alguna reunión hacia las 9 de la noche en casa. Te enfocas mucho al trabajo, aquí es algo normal.
-Menudo estrés.
Cierto. Y no pasa desapercibido para las empresas. En Intel, por ejemplo, existe un programa por el que cada 7 años todos los empleados han de tomarse el “sabático”: vacaciones obligatorias de tres meses. No se pueden posponer y no se pueden trocear. Tienes que marcharte para relajarte, olvidarte de todo y volver con fuerzas.
-¿Cómo logran captar los mejores “cerebros”?
Por medio de una política de recursos humanos que aúna un doble componente. A nivel externo, la compañía oferta salarios que son muy difícilmente rechazables. Y a nivel interno, para evitar que el personal se acomode, anualmente hay un proceso muy estricto de evaluación del rendimiento. Y va desde el último en el escalafón hasta el presidente de la compañía. Así, se trae a lo mejor de cada sitio.
- Y aquello será una ONU en pequeño.
Si tu primera visita a los EE.UU fuera aquí, te podría dar una impresión equivocada de lo que es este país. Pues en esta zona la mayoría somos nacidos fuera de los EE.UU: mucho asiático, mucho europeo... hay una tremenda diversidad racial, cultural.
-¿Y cómo acabaste ahí?
Yo me licencié en Físicas por la Universidad de Salamanca en 1988. Antes de acabar la carrera, me pareció interesante completar mi formación en alguna universidad americana, pues me llamaba el área de la tecnología, y allí estaba la vanguardia en aquellos años. Mandé mi solicitud a un par de Universidades que me interesaban y una de ellas, la de Arizona, me contestó. Obtuve una beca y allí me fui a cursar un Máster en Computación.
-Háblanos de aquel Máster.
Me encantó. Fue como una reconversión personal: de mi carrera de Físicas, muy teórica, a algo más práctico, con más salida empresarial, como era la ingeniería informática. Mi plan inmediato era regresar a España y tratar de buscarme un trabajo. Pero sin yo saberlo, el departamento de Ciencias de la Computación de la Universidad de Arizona envió mi currículo a varias empresas, entre ellas a Intel, que acabó ofreciéndome una entrevista. Creo que les atrajo esa mezcla de físicas e ingeniería, así como mi interés en desarrollar una carrera de programación. Me pagaban el vuelo a California, el hotel... Y fui para allá. La prueba me sorprendió bastante. Duró un día entero, de 8 de la mañana a 6 de la tarde, con una hora para comer. Tuve ocho entrevistadores.
-Y te eligieron.
A las dos semanas me llamaron para decirme que si quería el trabajo era para mí. Ahí me di cuenta de que la cosa iba en serio. Más adelante supe que habían evaluado a muchos candidatos. Tenía que responder ya. Pensé que, tras haber hecho los estudios, no me vendría mal un par de años trabajando en una empresa para conseguir experiencia profesional que me pudiera servir en mi regreso a España.
-Retorno aplazado.
Sí, cambiamos de planes sobre la marcha. Nos casamos en Laredo y vinimos rápidamente a California. Nuria entró en una gran empresa de Biotecnología. Yo, una vez dentro de Intel me di cuenta de que había grandes posibilidades que no iba a encontrar en otras partes. Y aquellos dos años inicialmente previstos se han convertido en más de 15 en la empresa.
-¿Recuerdas el primer proyecto en el que trabajaste?
Por supuesto. Me tocó tomar parte en el desarrollo del PENTIUM, ya que el procesador que por entonces estaba en el mercado era el 486. Para nosotros era un cambio radical. En mi área teníamos que optimizar el software del 486 para que no diera problemas con el PENTIUM.
-¿Y de qué intervención estás más orgulloso?
Me quedaría con una cosa que no es técnica sine logística: el desarrollo de nuestras operaciones en Rusia. Recuerdo que arrancó en el año 2000 en la ciudad de Nizhny Nóvgorod, la antigua Gorki. El primer viaje que hice allí fue descorazonador: no funcionaban las infraestructuras; la gente tenía una mentalidad muy cerrada. Aquél año se cerró con una persona en una oficina alquilada que casi no sabía inglés, y con la que necesitaba un traductor de ruso para comunicarme. Dos años después, contábamos con un grupo de 50 ingenieros, súper capacitados, con un dominio del inglés casi perfecto, gente muy comprometida con sus objetivos. Para mí ha sido una de las mayores satisfacciones: ver crecer un proyecto prácticamente desde cero hasta convertirlo en un centro que el propio gobierno ruso lo considera de valor estratégico. Tenemos un edificio de nueve plantas.
-Conocerás todas las novedades casi en primicia.
Bueno, ahora con la globalización los avances se pueden dar en cualquier punto del globo. Pero al principio fue así. De hecho, algo que caracteriza al Silicon Valley es su afán de intentar o probar nuevas cosas. Aquí hay muchísimas empresas, la mayoría pequeñas, de no más de 15 empleados, continuamente inventando cosas. La mayoría de ideas no prosperan, pero algunas se convierten en rotundos éxitos. Recuerdo que, en el 1993, al poco de entrar, uno de mis compañeros se me acercó y me dijo que me iba a enseñar algo fantástico: era la primera versión de un navegador de internet, el Mosaic, abuelo del Netscape... Me pareció increíble poder acceder a un ordenador de fuera de la empresa, y encima permitía obtener incluso imagen.
-Vivirías de cerca el estallido de la burbuja tecnológica.
Muy de cerca. Date cuenta de que nuestra compañía trabajaba en contacto con muchas de estas pequeñas empresas, con buenas ideas pero sin base financiera sólida. Incluso algunas estaban promovidas por antiguos empleados de Intel, que quisieron convertir su sueño en empresa. La mayoría se vieron afectados de lleno.
-Menudo “palo”.
Veamos. Te diré que aquí, tener una buena idea, crear una empresa y que no funcione, no solo no se ve cómo algo negativo, sino que, al revés, es algo que te da “caché”. Y es que la mentalidad del emprendedor es muy valorada. Las empresas podrán prosperar o no. Eso no es lo importante. Lo relevante es tener esa fuerza interior para intentarlo. Si las cosas funcionan, fenomenal. Si no marchan, te levantas y lo vuelves a intentar. Es una diferencia de mentalidad muy importante. Lo que importa es que lo intentes, y si te sale mal, no pasa nada, ya que es una experiencia que adquieres y la próxima vez lo harás mejor.
-¿Cómo se lleva estar lejos de casa?
Trato de que mi contacto con Laredo sea casi diario. En mi navegador uno de mis favoritos es la sección de local de “El Diario Montañés”, para leer todo lo que salga sobre el pueblo. Luego, todo lo nuevo con lo que estés en contacto lo pones en el contexto de Laredo: ves un paseo, un museo, o incluso un catálogo y piensas: “Esto lo podríamos hacer en Laredo”. O paseas por una playa y caes en la inevitable comparación de si es más o menos larga o si su arena es más o menos fina.
-¿Lo que más añoras?
Por supuesto, a la familia. Desde los 18 años estoy fuera de casa... Y también los sabores de la comida, que no se olvidan. A este respecto ahora mismo estamos de enhorabuena, porque en nuestra última visita de navidades mi madre nos llenó la maleta de latas de ventresca y anchoas, de las que estamos dando buena cuenta.
-¿Cómo vendes Laredo en California?
Bueno, tienes que empezar explicando que tu origen esté en el norte de España. Inconscientemente, los menos informados dicen ¿Madrid? y otros, algo más atinados dicen, ¿Barcelona? Entonces les vuelves a ubicar, les hablas del Atlántico, cerca de Francia... y ya se empiezan a situar. Cuando les enseño fotos de Laredo, al reparar en que hay bares, tiendas y gente por las calles me preguntan: “¿qué ciudad es?” Y cuando les respondo que es mi pueblo, con apenas 14.000 habitantes, se maravillan. Porque para ellos esa población equivale a cuatro casas sin ningún centro urbano. Aquí lo que se estilan son todo barrios residenciales, y las distancias son enormes, con los servicios concentrados en grandes núcleos, fuera de los cuales no se hace apenas vida social.
-Y tú, ¿cómo ves Laredo desde la distancia?
Como un lugar donde se vive muy bien, con un nivel de servicios que en otros países no tienen. Lo que ocurre es que en la cuestión económica o profesional no hay mucha salida. Ahora bien, soy optimista y creo que es cuestión de tiempo. Como te expliqué, el mundo de las tecnologías iguala las oportunidades para todos. Por eso echo de menos que en el Polígono no se hayan establecido un par de pequeñas empresas de software. La gente está demasiado acomodada; y los que son más inquietos, acaban por marcharse fuera, a Madrid o a otros grandes núcleos. Por eso...
-¿Si?
Me encantaría que si alguien en Laredo está interesado en asesorarse sobre estos temas en los que yo me muevo, si necesita ayuda, que contase con mi ayuda. Me encantaría colaborar con quienes tengan esa inquietud. Que contacten conmigo (www.de-francisco.com).
Realmente es un orgullo tener pejinos así por el mundo.
| En Corto | ||
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“Las cinco disfunciones de un equipo”, do Patrick Lencioni, un best seller en el mundillo de creación de empresas y dirección do equipos. ¿Una canción? Cualquiera del último disco de Chambao. ¿Una frase? “Sólo los paranoicos sobreviven”. La hizo popular un antiguo presidente de Intel. Viene a decir, “sé optimista, pero prepárate para lo peor”. ¿Un sueño? Que en Laredo se instalen empresas tecnológicas. ¿Una manía? El orden. Por ejemplo, en el cajón de cubiertos tienen que estar todos orientados hacia un sitio. ¿Un personaje? Ronald Reagan: hace poco he leído su biografía y he descubierto que tenía una visión muy clara de lo que quería. ¿Un rincón para escaparse? Half Moon Bay (“La Bahía de la Media Luna”), un pueblito precioso de la costa de California. Su playa me recuerda a Laredo. ¿Una lección de esta andadura? Intentar las cosas es más importante que conseguirlas ¿La distancia es el olvido? No, nunca. ¿Un consejo? No dejes quo nadie te ponga límites, no existen. |
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Artículo publicado en el número de Enero de 2008 de la revista “De Laredu, Lin”.
